9 de enero de 2010

Vocaciones en cadena

En un artículo titulado "Arabistas en España: un asunto de familia" (Al-Qantara, 13, 1992, p. 379-393), Manuela Marín ponía de manifiesto cómo "en España, como en el resto de Europa, se entraba en el arabismo a través de una transmisión maestro/discípulo y de un núcleo de relaciones personales muy importantes" (p. 384): lo que A. Hourani denomina silsila (سلسلة) en su Islam in European Thought. Tal vez el mejor ejemplo de ello en el caso español se encuentra en el relato que hace Ángel González Palencia de cómo lo captó su maestro, Asín Palacios, llegando a convencerlo de que le interesaba el árabe y era apto para su estudio sin él mismo haberse dado cuenta. González Palencia, "confuso y anonadado", se tomó sin embargo "como un verdadero aviso de la Providencia esta indicación de Don Miguel" y resolvió, añade, entregarse "por completo a su voluntad". Esta escena, en que el maestro infunde la vocación del arabismo al discípulo, se repite con frecuencia:

[García Gómez ] nunca pensó asistir a las clases de Árabe, aunque era asignatura obligatoria, pero contaba con los apuntes que le proporcionaba un compañero —el infortunado Duque de Canalejas asesinado en 1936—, pero como le resultaban ininteligibles, decidió asistir a las clases de Asín Palacios en noviembre de 1923 y quedó fascinado.
---Joaquín Vallvé, El arabismo en la Universidad Complutense en el siglo XX, 1995, p. 120.

Hasta el punto de convertirse, con los necesarios ajustes, en un tópico:
Me matriculé en árabe, como era tan frecuente, por huir del griego, aunque en esta última lengua, como luego comprobé, los conocimientos de la mayoría eran tan escasos como los míos. Inconsciencia juvenil: mi intención era hacer Clásicas, ya que el latín era mi fuerte y, creía, mi segura vocación. Me incorporé con retraso a la clase de don Emilio y apenas aprendidos, a solas y sin más alifatos que el borroso de la Crestomatía de Asín, los grafemas árabes. Ayuno de morfología, un buen día no supe contestar a una sencillísima pregunta del maestro. La justa y seca observación de éste me picó de tal manera que de ahí arrancó nada menos que mi vocación para los estudios semíticos.
---José María Fórneas, "Desde Granada y al hilo del recuerdo", Revista del Instituto Egipcio de Estudios Islámicos, 1996, p. 33-48 (p. 44).

Y, lo que es más interesante, hasta el punto de que una vocación no inducida (una verdadera vocación, diría yo) parezca poco menos que imposible:
Mi primera vocación no era la de ser arabista ni muchísimo menos; creo que es muy difícil que la primera vocación de un muchacho que llega a la universidad sea la del arabismo.
---Pedro Martínez Montávez, en Mercedes del Amo y María Isabel Lázaro, "El intelectual y su memoria: Pedro Martínez Montávez", Miscelánea de Estudios Árabes y Hebraicos, 52 (2003), 229-254, pág. 233.

Sin la presencia y el estímulo del inductor, deliberado o no:
El profesor García Gómez, don Emilio, fue sin duda alguna el que más me impresionó de todos, quien fijó mi vocación, titubeante hasta entonces y parejamente atraída por varias disciplinas. [...] No era don Emilio precisamente un profesor proselitista y preocupado por captar abundantes discípulos y seguidores, de alentar cuantiosas vocaciones.
---Pedro Martínez Montávez, "Evocación de un inolvidable maestro universitario", Revista del Instituto Egipcio de Estudios Islámicos, 1996, p. 101-109 (p. 106-7).

Como en el artículo de Marín, la silsila ha permitido explicar de qué modo se organizaba y se reproducía aquel arabismo, pero nadie se ha planteado, que yo sepa, cuáles pueden haber sido sus efectos, p. ej., sobre la actitud y la motivación de los captados con respecto al objeto de su especialidad. Para empezar, da la impresión de que ninguno de los miembros de la Escuela se incorporaba a ella motivado por un interés genuino en el objeto del arabismo, es decir, previo al contacto con el maestro de turno, sino por mediación de éste. Es el sujeto, por así decirlo, quien fascina, no el objeto, que si fascina de algún modo es a través del primero. O por decirlo de otro modo: es el arabista el que cautiva, no lo árabe.

3 comentarios :

Jesús dijo...

Para su colección:

«¿Por qué elegí la especialidad de Semíticas? La respuesta más directa es porque
en Comunes, en los dos primeros años de estudios comunes, la asignatura de lengua
árabe me absorbió. Yo tuve la suerte, en esos dos primeros cursos de comunes, de
encontrarme con dos profesores magníficos. Primero, Soledad Gibert Fenech (en al-
gunas de las fotos que se están proyectando, aparecerá su imagen) y segundo, Pedro
Martínez Montávez (y también aparecerá en algunas, como en la foto que estamos).
Ambos profesores me condujeron hacia esta especialidad, espléndida, porque abre
a unos mundos que naturalmente son complementarios de los nuestros, y esto en cul-
tura es muy enriquecedor. “Busca tu complementario” dice Machado.
Entonces me pareció, verdaderamente, una especialidad interesantísima. La elegí
en el año 1965, y a lo largo de todos estos años, esta especialidad ha ido ganando
interés, y tensión y utilidad para nuestro país, para Europa. Ha ido ganando atención.
Estoy muy contenta de haber tenido esos dos primeros profesores que me llevaron
hacia su estudio. Quiero decir más cosas, no sé si me estoy pasando, pero resulta que
yo pensaba optar por Historia del Arte. Entonces, el haber hecho una elección no
premeditada y seguir por Filología Semítica, yo creo que es una prueba más del inte-
rés que puede remover esta especialidad.
También debo decir que yo tenía un precedente enorme en mi propia madre Mª
Jesús Molins Marquesán, que había estudiado Semíticas, a principios de los años 40,
en la Universidad Complutense, aunque no llegó a terminar, porque, en 1944, se casó
y dejó inconclusa su especialidad. Ella me transmitió la devoción por estos estudios,
y de ella he recibido en herencia tres o cuatro cosas esenciales: la predisposición
psicológica, la simpatía, el sin pathos: esa predisposición que facilita tanto la apertu-
ra intelectual hacia determinada rama. También me entregó su Diccionario Belot
Árabe-Francés y su ejemplar de la Crestomatía de Árabe Literal por Asín Palacios;
y de ella recibí como otro legado fundamental la sobre-valoración, la inmensa valo-
ración positiva sobre lo que es la Universidad. Todo con mayúsculas. Todos compar-
tís conmigo ese respeto, esa valoración sobre lo que significa ser universitario y lo
que significa la Universidad.
[…]
Lo primero que nosotros sentíamos, mis compañeros de por aquel entonces y
yo misma, los licenciados que nos íbamos acumulando y que íbamos saliendo, yo
creo que lo que primero que sentíamos eran dos cosas: unas enormes ansias por en-
contrar un puesto institucional, un puesto docente o investigador en algunas de las
escasas Instituciones que entonces había, y, como consecuencia de eso, una enorme
competitividad, con todo lo bueno y lo malo que tiene esto segundo. Sentir la compe-
titividad, es bueno y es malo.»

CALERO, Mª Isabel; CASTILLO, Concepción. «El intelectual y su memoria: Mª Jesús Viguera Molins». Miscelánea de estuios árabes y hebraicos. Sección Árabe-Islam. Vol. 57 (2008), págs. 451-470.

Abu Ilyás dijo...

Gracias por la aportación, don Jesús. Tomo nota (el inventario es mucho más amplio, pero no quería abrumar). Los saltos de línea, a propósito, imagino que se deben al hecho de haber copiado y pegado el texto desde el PDF.

Ahora recuerdo, por cierto, que hace ya años mis padres conocieron a Mª Jesús Molins en un viaje por Turquía y que les dijo, efectivamente, que su hija era profesora de árabe en la Complutense.

Jesús dijo...

Sí, sí, fue un momento de «gossera» copia-pega... Mea culpa.

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