6 de marzo de 2011

Gramática general del persa moderno

"The posts for which such knowledge will fit you are few, and, for the most part, poorly endowed, neither can you hope to obtain them till you have worked and waited for many years. And from the Government you must look for nothing, for it has long shown, and still continues to show, an increasing indisposition to offer the slightest encouragement to the study of Eastern languages."

A rare piece of good fortune has in my case falsified a prediction of which Dr. Wright himself, though I knew it not till long afterwards, did all in his power to avert the accomplishment; but in general it still holds true, and I write these words, not for myself, but for those young English Orientalists whose disappointments, struggles, and unfulfilled, though legitimate, hopes I have so often been compelled to watch with keen but impotent sorrow and sympathy.
---Edward G. Browne, A Year Amongst the Persians, 1893, p.3 (trad. al español de José Ramón Gallo y Joaquín Rodríguez Vargas: Un año entre los persas, Barcelona, 2004).

Aunque la entrada de hoy lleve por título el de un libro, no se trata de una reseña. No podría serlo en modo alguno, porque pocos habrá menos indicados que yo para hacerla. La publicación de esta Gramática general del persa moderno (Almuzara, 2011) es la excusa perfecta para rendir desde aquí un modesto homenaje personal a su autor, Joaquín Rodríguez Vargas, entrevistado ayer mismo en el Diario de Sevilla, y que fue quien me introdujo en el aprendizaje del persa, hace ya más de tres lustros, pero sobre todo quien, con su ejemplo antitético, había de inspirar muchas de mis primeras reflexiones sobre la situación de la enseñanza del árabe en la universidad. A poco que se conozca esta última, no habrá de sorprender la impresión que me causó Joaquín (خواكين para los amigos) cuando asistí por primera vez, hace ahora 17 años, a una de las clases particulares de persa que le daba a un compañero mío de estudios. Joaquín no sólo dominaba la lengua, la historia y la literatura persas como muy pocos arabistas españoles o extranjeros las árabes, sino que además lo había conseguido de manera autodidacta: primero, a través del contacto con iraníes residentes en España (cuando yo lo conocí, de hecho, sólo había estado una vez en Irán y apenas por espacio de unos meses) y, a medida que avanzaba con el idioma, merced a su interés y dedicación personal, sin contar con título alguno (aunque a la vuelta de un año obtendría el de intérprete jurado y a la postre el de ldo. en Filología Árabe) ni más crédito que el suyo propio.

Habituado al árabe, digamos postizo, de la carrera, y bastante desmotivado al respecto, Joaquín y su persa eran como un oasis en el desierto, y desde aquel mismo día me incorporé a sus clases, que serían el germen de un curso extraacadémico que propusimos al Decanato de la Facultad de Filología de la U. de Sevilla, y que contó con 9 ediciones anuales, de 1996 a 2004, y una acogida realmente inesperada.

Con todo, suele decirse que "nadie es profeta en su tierra" (cf. Marcos, 6:4), y nada más tristemente cierto en el caso de Joaquín, cuya extraordinaria valía en este terreno, por llamativo que resulte, no parece interesar a España, o al menos a sus autoridades diplomáticas, académicas, etc. (con frecuencia más pendientes de sí mismas, y de sus cotos y prebendas, que de su razón de ser), lo que ha llevado a este colega a terminar prestando sus servicios no necesariamente a los mejores postores, sino a los que por fuerza han de serlo, es decir, los únicos: la agencia estatal de noticias IRNA y la Consejería Cultural de la Embajada de Irán en Madrid.

Que Joaquín haya llegado a donde está hoy, sin más aspiración que la de seguir aprendiendo y condicionado, todo sea dicho, por un entorno socioeconómico nada propicio, es, qué duda cabe, de lo más meritorio. Sin embargo, más allá de ese reconocimiento, su ejemplo debería ser motivo de reflexión, y profunda, para todos en general, pero sobre todo para quienes trabajamos en un ámbito tan cercano al de la iranología como es el arabismo.

"Queda aún mucho camino por recorrer", auguraba el profesor F. Corriente en 1997 ("La lexicografía árabe en España: pasado, presente y futuro", p. 142):
Hasta conseguir que de las especialidades de estudios árabes e islámicos de nuestras facultades salgan licenciados capaces de entender, hablar y escribir correctamente el árabe (y/o alguna otra lengua 'islámica', como turco, persa, urdu o bereber, vgr.) y debidamente formados en las diversas disciplinas de la cultura islámica, e incluso se observa a menudo una resistencia, más por parte de algunos profesores que de sus alumnos, a facilitar el que ello pueda ocurrir con todas sus consecuencias estructurales, pero ya ha cambiado el paso y esa transformación será inevitable.
Y no sería ocioso preguntarse si una de las causas de que esa transformación no acabe de producirse no consiste precisamente en que sobran vocaciones en cadena (inducidas por motivos tanto consuetudinarios como coyunturales), por una parte, y en que las espontáneas, por otra, no sólo escasean (cosa que difícilmente puede extrañar a nadie) sino que además se desatienden, se desaprovechan y, en definitiva, se desalientan.

J. Rodríguez impartiendo el II Curso de Persa de la U. de Sevilla, 1996-1997
La voluntad de Joaquín de hacer escuela, patente en esta gramática con la que sólo pretende, dice, "desbrozar el camino", y en los cursos que viene impartiendo desde aquel primero, es tanto más encomiable cuanto que los incentivos son mínimos y los desaires no pocos, conformes, como parecen muchos estar, con saber la mitad... y mal.

"Yo con el árabe ya tengo bastante", me decían algunos compañeros entonces, no sé si refiriéndose a los dos de siempre o a ese tercero made in Spain, al que más expuestos estábamos y el cual, ironías de la vida, si bastaba para algo era para aprobar y darse al arte de traducir-para-enterarse; o en los más de los casos, para renunciar al primer y al segundo árabe de por vida. Visto ahora, con la perspectiva de los años y de la experiencia, yo personalmente celebro no haber tenido bastante, casi tanto como lamento no haberme cruzado con un profesor de árabe como lo ha sido para mí Joaquín, de persa.

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